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Camino sobre las aguas –con mi pluma estilográfica en la oreja- seguido por una corte de pulpos y calamares que me ofrecen su tinta negra.

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Nuevo, original y ornamental

Así se califica el diseño de tintero de esta patente del Sr. Ralph B. Head, ciudadano de Denver -1913. Ignoro si se llegó a fabricar.
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Hay quien prefiere los cartuchos de plástico frente a la tinta en botella, los convertidores o el rellenado con émbolo. Aunque los uso pocas veces reconozco su utilidad en los desplazamientos. La economía, el placer de proceder a la carga manual de la tinta y el evitar más residuos plásticos hacen que los evite.
Corría el año 1890 cuando una compañía con sede en Nueva York, la Eagle Pencil Company, patentó una pluma que funcionaba mediante cartuchos fabricados en cristal y sellados con cera. Parece ser que su éxito fue escaso y su patente finalizó el 1904.



Se sumergió en la algarabía caliente de los limpiabotas y los vendedores de pájaros, de los libreros de lance y los curanderos y las pregoneras de dulces que anunciaban a gritos por encima de la bulla de cocadas de piña para las niñas, las de coco para los locos, las de panela para Micaela. Pero ella fue indiferente al estruendo, cautivada de inmediato por un papelero que estaba haciendo demostraciones de tintas mágicas de escribir, tintas rojas con el clima de la sangre, tintas con visos tristes para recados fúnebres, tintas fosforescentes para leer en la oscuridad, tintas invisibles que se revelaban con el resplandor de la lumbre. Ella las quería todas para jugar con Florentino Ariza, para asustarlo con su ingenio, pero al cabo de varias pruebas se decidió por un frasquito de tinta de oro. El amor en los tiempos del cólera Gabriel García Márquez




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